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a) Los antecedentes de la tradición revolucionaria

El antecedente directo más antiguo de la tradición política socialista y comunista se remonta a la Comisión Organizadora de los actos del Primero de Mayo de 1890 (en simultaneo con la celebración mundial por vez primera), que se realizaron en Buenos Aires, Rosario, Bahía Blanca y Chivilcoy, dado que esta acción constituyó el primer intento por fundir la cultura revolucionaria con el movimiento obrero realmente existente.

De aquella Comisión Organizadora -conservamos sus nombres: José Winiger, Nohle Schultz, August Khun y Marcelo Jacqueller-, surgió luego el intento de organizar una central obrera en la Argentina, que tuvo en el periódico El obrero, de Germán Ave Lallemant, su órgano de clara definición marxista.

Al fracasar la formación de la Federación Obrera Argentina, en 1892 se tomó la decisión de constituir la Agrupación Socialista. En 1894 se funda el periódico socialista La Vanguardia, y en 1896 ya se constituye formalmente el Partido Socialista, en cuya fundación participaron algunos de los más renombrados intelectuales de la época: José Ingenieros, Roberto Payró y Leopoldo Lugones, entre otros.
Desde su segundo Congreso, el Dr. Juan B. Justo se convirtió en el principal referente, llevando al Partido Socialista todas las contradicciones, virtudes y límites.

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b) La Argentina que pretendían subvertir los fundadores


1º de mayo de 1912La generación del '80 es la que consuma la organización del Estado capitalista en la Argentina.Para ello necesitaron: Transformar la ciudad de Buenos Aires en la Capital Federal; disolver los Ejércitos Provinciales y constituir un único Ejército Nacional; estabilizar una relación de subordinación complementaria con el Imperio Británico que se conoció con el nombre de modelo de desarrollo capitalista agro/exportador, pero que requirió de endeudamiento externo y del incentivo de la inmigración europea para poner las tierras a producir y contando con mano de obra, barata y relativamente calificada, para la industria naciente.

Para fines del siglo XIX el modo de dominación, orden conservador, mostraba sus límites para contener a los nuevos actores sociales: los trabajadores y las capas medias urbanas y rurales. La Rebelión del Parque de 1890, de la cual surgiría la primera Unión Cívica Radical, marcaba la presencia y reclamos de estos sectores.

La respuesta de la oligarquía sería la ley Sáenz Peña de 1912, que instauraba el voto masculino obligatorio y que buscaba la integración al sistema de los sectores subalternos. La llegada de Yrigoyen al gobierno en 1916, si bien lleva al sillón de Rivadavia a la figura no esperada, consuma la maniobra política y logra estabilizar el dominio burgués, más allá de las peleas puntuales entre distintos sectores del bloque de poder.

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c) El nacimiento del Partido Comunista

El esfuerzo por integrar los reclamos y neutralizar las luchas sociales con las elecciones, también tiene éxito con los socialistas entre quienes los sucesivos avances electorales refuerzan la tendencia a suplantar el objetivo revolucionario de abolir el capitalismo y construir el socialismo, por la ilusión de reformarlo sucesivamente hasta que, sin mediar la toma del poder, se auto transforme en socialismo democrático.

El electoralismo se expresa de un modo muy agudo en los intentos de despolitizar la labor sindical y juvenil. Y es desde esos sectores que vendrá la resistencia al reformismo. Resaltan en esos esfuerzos la constitución de la Comisión de Propaganda Gremial, en 1914 y la fundación de la Federación Juvenil Socialista, en 1916.

Con el comienzo de la Primera Guerra Mundial, los debates se agudizan y las posiciones se separan: la mayoría de la dirección y la totalidad de los legisladores se deslizan hacia un intervencionismo pro Entente (Gran Bretaña, Francia, Rusia, EE.UU., etc.) como un modo de sacar provecho electoral de la neutralidad asumida por Yrigoyen. En abril de 1917 el Partido Socialista realiza un Congreso Extraordinario e imprevistamente el grupo de izquierda consigue aprobar un mandato prohibiendo a los legisladores socialistas convalidar medidas belicistas. En setiembre, con la excusa del ataque por los alemanes a un barco argentino, los diputados aprueban leyes de tal carácter desatando una crisis de proporciones en el Partido Socialista. Al advertir la gravedad de la situación, los diputados apelan a una maniobra oportunista: amenazan renunciar a las bancas si no se les renueva la confianza cambiando el eje de la discusión del hecho de haber violado las resoluciones congresales y llevado al Partido, a una posición seguidista del imperialismo inglés.

La maniobra se abre paso, chantajeados por la perspectiva de perder la representación parlamentaria, la mayoría de los militantes del partido se pronuncia por la dirección, y ésta genera una dinámica para expulsar a los internacionalistas, los que, estimulados por el triunfo de la Revolución Socialista en Rusia en noviembre de 1917 y la euforia revolucionaria que se expande por todo el mundo, deciden abandonar el Partido Socialista, realizar su propio Congreso y fundar un nuevo partido: el Partido Socialista Internacionalista, más tarde Partido Comunista. Era el 6 de enero de 1918.

Emilio RecabarrenEl primer Comité Ejecutivo del nuevo partido estuvo encabezado por Luis Emilio Recabarren (que fuera años después fundador del partido chileno), Guido A. Cartey, Juan Ferlini, Arturo Blanco, Aldo Cantoni (más tarde, uno de los fundadores del bloquismo sanjuanino), Pedro E. Zibechi, Carlos Pascali, José Alonso, Emilio González Mellén y Alberto Palcos (luego miembro de la Academia Nacional de Historia).
Difunden un Manifiesto que explica lo sucedido al pueblo: “El Partido Socialista, ha expulsado de su seno, deliberada y concientemente al socialismo. No pertenecemos más al Partido Socialista. Pero el Partido Socialista no pertenece más al socialismo. Denunciar esta verdad a los trabajadores y fundar el verdadero Partido Socialista Internacional son deberes morales imperativos a los cuales no podremos sustraernos sin traicionar cobardemente al proletariado y a nuestra conciencia socialista. Lucharemos en defensa de los intereses de los trabajadores. Pero cuando breguemos por el programa mínimo será a condición de abonarlo, de empaparlo, por decirlo así, en la levadura revolucionaria del programa máximo, consistente en la propiedad colectiva, por cuya implantación, a la mayor brevedad, lucharemos sin descanso y sin temores”.

A los pocos meses, en la primera elección del Consejo Deliberante de la Capital Federal, el nuevo partido consigue elegir un concejal, Juan Ferlini. En la segunda elección se sumaria como Concejal, José F. Penelón, el dirigente mas popular en los primeros años.

Miguel Contreras, desde la dirección de la Federación Obrera Cordobesa, va al encuentro del movimiento juvenil de la Reforma y contribuye a fundar una consigna que aún resuena: Obreros y estudiantes, unidos y adelante. El comunista Albino Argüelles es junto con el gallego Soto, de inspiración anarquista, organizador y dirigente de las huelgas de la Patagonia Rebelde, que serán aplastadas por la represión militar asentida por el gobierno radical de Yrigoyen. Argüelles fue fusilado por un oficial de apellido Anaya. Marcos Kaner, uno de los anarquistas que más aportó a organizar los mensúes de La Forestal en el Chaco Santafesino, organizador de huelgas y rebeliones populares en todo el noreste argentino -que llegó a dirigir el copamiento de la ciudad paraguaya de Encarnación como parte de un plan para tomar el poder- se afilió más tarde al Partido Comunista.

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d) La estrategia del frente democrático nacional

Durante la primera década de vida del partido se suceden los congresos (ocho en diez años), las discusiones ardorosas, los cambios de dirección nacional y regional en un proceso de búsquedas.
Sólo la intervención de la Internacional Comunista saldará los debates y ayudará a la instalación de un grupo como dirigente; es el encabezado por Victorio Codovilla, Rodolfo y Orestes Ghioldi y Paulino González Alberdi que, más allá de los cargos formales, las incorporaciones y desplazamientos o los cambios de roles, mantendrían la dirección real del partido en sus manos hasta principios de la década del '80, más de cincuenta años.

La participación de la Internacional se materializa en dos hechos: la carta enviada en 1925, previa al VIIº Congreso, en que se toma partido contra los chispistas de Juan Penelón decidiendo la disputa a favor del grupo encabezado por Victorio Codovilla; y la designación del suizo Droz al frente del secretariado latinoamericano de la Internacional Comunista en 1928.

Droz impone una visión sobre la revolución latinoamericana, que es una mala copia de la estrategia diseñada para las colonias europeas en Asia y el lejano Oriente: frente con las burguesías nacionales para cumplir tareas de una revolución democrática burguesa desestimando el pensamiento de los lideres latinoamericanos como el cubano José Antonio Mella, el chileno Emilio Recabarren, el mismo Victorio Codovilla y especialmente a José Carlos Mariátegui que es, entre todos ellos, quien más lejos llega en pensar la revolución americana desde un marxismo creador, y con cabeza propia.

J. Carlos MariateguiJosé Carlos Mariátegui pensaba que el socialismo tenía raíces propias en las tradiciones colectivistas de los Incas, que las burguesías nacionales habían nacido cipayas del Imperio y que la revolución necesaria era una revolución socialista que requería de partidos revolucionarios capaces de constituir alianzas populares, pero bajo su hegemonía, no la de proyectos populistas o democrático burgueses. Bajo el nombre de Tesis antimperialistas mandó esas ideas a la Conferencia Comunista de Sud América de junio del '28, pero sus propuestas fueron derrotadas.

Hay un hilo conductor entre el VIII Congreso partidario de 1928 y la Conferencia Comunista del Cono Sur de junio de 1929: allí se afirma una concepción de la revolución por etapas, en acuerdo con la burguesía nacional, con un proceso de acumulación de fuerzas pacífico, con tareas antiimperialistas y antilatifundistas que permitan completar lo que se estimaba era un desarrollo capitalista insuficiente (por el peso del latifundio) y deformado (por la dependencia del imperialismo). Lo más grave, una tendencia a que el pensamiento dogmático se convierta en hegemónico entre nosotros, tal como venía ocurriendo en el movimiento comunista internacional a la muerte de Lenin y la instalación de una nueva dirección estratégica encabezada por Stalin, en el propio partido bolchevique, que había conducido la Revolución Rusa y orientado la IIIº Internacional. Un pensamiento dogmático que limitó al marxismo como herramienta teórica, debilitó la lucha revolucionaria y que se convirtió en nuestro mayor lastre.

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e) Los gloriosos treinta

A pesar de estas definiciones estratégicas, en lo táctico se abrió paso un enfoque de clase contra clase impulsada en esos años por la Internacional Comunista para todo el mundo, que fortalece la tendencia a la proletarización de los cuadros y permite lo que haya sido el momento de mayor inserción de los comunistas argentinos en la clase obrera: los nombres de Rufino Gómez, petrolero de Comodoro Rivadavia y jefe de la huelga general de 1934; de José Peter, trabajador de la carne que desde el Swift de Campana primero, y de Berisso después, construye la Federación Obrera de la Carne que organiza las heroicas huelgas de 1932, de Vicente Marishi, organizador de la huelga de los trabajadores de la madera de 1934, y sobre todo el de los líderes de la construcción que organizan las grandes huelgas de 1935 y 1936 y que ejemplificamos en Pedro Chiaranti, Guido Fioravanti y los hermanos Rubens y Normando Iscaro; muestran de un modo incontrastable la penetración de los comunistas en la clase, pero resuelta de un modo tal que no podrían luego trasladar dicha representación social al plano de una política revolucionaria.

La cultura del frente democrático nacional era ya un corsé rígido que impedía crecer a lo revolucionario que siempre habitó nuestro partido.

Explicar el surgimiento del peronismo como proyecto político hegemónico entre los trabajadores, a expensas en buena medida de los comunistas y otros sectores de izquierda, excede largamente la pretensión de estas palabras introductorias a la historia de los comunistas argentinos.

Solo quisiéramos decir que no alcanza con señalar que el golpe de 1943 desató una feroz represión contra los comunistas o que en el seno del GOU (la logia militar a la que pertenecía Juan Domingo Perón y que ejecuta el golpe) había simpatizantes del fascismo. Perón elabora un plan de captación del movimiento sindical desde una nueva institución estatal, la Secretaría del Trabajo que discrimina las organizaciones conducidas por la izquierda y favorece a las que se subordinan al proyecto en gestación. Los comunistas pierden sus posiciones dirigentes en la clase, desde un erróneo internacionalismo, que los llevó a rebajar la defensa de los intereses obreros en aras de un supuesto frente antifascista mundial; igual base tuvo la decisión de unirse a radicales, socialistas y conservadores en la Unión Democrática que enfrentó a la alianza de radicales, conservadores, militares y empresarios que encabezaba Perón; porque no se trataba de votar a uno u otro sino de construir una alternativa política revolucionaria, pero esa opción estaba descartada desde la visión del frente democrático nacional adoptada tantos años antes.

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f) La larga acumulación de fuerzas

CordobazoEl 29 de mayo de 1969, convocados por un llamado conjunto de las dos regionales de la C.G.T. de Córdoba (una de ellas dirigida por Agustín Tosco) los trabajadores, los estudiantes, las mujeres y los habitantes de las barriadas populares salen a la calle y toman la ciudad por algunas horas en una jornada que quedó en la historia con nombre propio: el Córdobazo. De allí en más los azos se repetirían por toda la geografía nacional, y en creciente nivel de protagonismo. A su influjo crecerían todos los proyectos políticos transformadores: el del peronismo revolucionario referenciado en Montoneros, el de la lucha armada del P.R.T./ E.R.P. , también el del Partido Comunista y muchos más, que de uno u otro modo, soñaban con lo que en aquellos años se simbolizaba en la juventud por la Patria Socialista.

Pero el Córdobazo, como cualquier acontecimiento histórico, no se puede explicar por sí mismo sino por una conjunción de procesos que lo posibilitan.

Por un lado fue el resultado de un proceso de acumulación de fuerzas de los proyectos políticos revolucionarios, cuyo punto de partida mediato se puede ubicar en la Resistencia al golpe gorila de 1955, que transcurrió por los planes de lucha de la CGT. y las movilizaciones antimperialistas de comienzos de los '60.

Fidel y el ChePor otro lado, se vió estimulado por la Revolución Cubana. La entrada victoriosa de Fidel, Camilo y el Che a la ciudad de La Habana, dando inicio a la primera revolución socialista en el hemisferio occidental. Aquello rompía con una serie de verdades indiscutibles de la política latinoamericana, empezando por aquella que decía que no se podía vencer al imperialismo tan cerca de la metrópoli y siguiendo por la que establecía que no se podía enfrentar un Ejército Regular hasta el momento definitivo de la lucha por el poder.

Y por eso, el Cordobazo, y lo que luego vino, es incomprensible si no se lo piensa como parte de un movimiento latinoamericano y mundial, que tuvo en el Mayo Francés de 1968 y en la propia guerrilla del Che en Bolivia puntos de referencia indispensables. Eran los años de la victoria de Vietnam sobre el imperialismo yanqui, cuando sus mismos dirigentes pensaban que estaban perdiendo la batalla por el futuro.

Al influjo de esta oleada revolucionaria mundial, y por las grietas que dejaba una política comunista que se mantenía fiel a aquella cultura política reformista del frente democrático nacional impuesta en el '28, fueron surgiendo nuevas fuerzas de izquierda al interior del peronismo y al interior de la cultura marxista.
La lista de organizaciones sería interminable por lo que hemos optado por simbolizarlas en dos: Montoneros y el P.R.T./E.R.P. por su desarrollo y el impacto de sus acciones en el escenario político, sobre todo luego del Córdobazo. Gracias a ellas, una nueva generación de revolucionarios se incorporó a la lucha y, junto -aunque no unidos- a las antiguas organizaciones de izquierda (empezando por el Partido Comunista) estuvieron a punto de alcanzar la victoria. A punto, pero no lo lograron.

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g) La estrategia del genocidio

Igual que había hecho en 1912 con Roque Sáenz Peña, cuando la burguesía vio el ascenso de la lucha popular (y esta vez era por cambios revolucionarios), lo primero que hizo fue apelar al viejo truco de intentar asimilarlas por el camino electoral. Así nació el Gran Acuerdo Nacional y el operativo de retorno de Perón (exiliado en la España de Franco por más de quince años), que desembocó en las elecciones, aunque -igual que en 1916- con un ganador no querido por el poder. Los comunistas primero resistieron la maniobra, pero luego intentaron vencer la legislación anticomunista incorporándose a la Alianza Popular Revolucionaria que encabezaba el Partido Intransigente de Oscar Alende obteniendo dos diputados nacionales.

Las elecciones las ganó el peronismo más cercano a la izquierda, pero rápidamente la derecha recuperó la iniciativa. El 20 de junio de 1973, día del retorno de Perón, se organizó una provocación gigantesca que terminó con decenas de muertos, y un clima de terror que luego siguió creciendo. Aunque aferrados a su política de frente democrático nacional, los comunistas aportaron a todas las iniciativas de movilización popular pero sin contribuir al agrupamiento de la izquierda que hubiera podido disputar la dirección del movimiento de otro modo.

El imperialismo, asustado por la pujanza de esa segunda oleada revolucionaria (la primera había sido la provocada por el triunfo de la Revolución Cubana en 1959) que se afirmaba en Sud América (el Chile de la Unidad Popular de Salvador Allende, el Uruguay de los Tupamaros y el Frente Amplio, y en nuestro propio país), organiza el terrorismo de Estado en escala continental y empieza a preparar una seguidilla de golpes de estado.

La dictadura surgida del golpe del 24 de marzo de 1976 puso en marcha un complejo proceso de transformaciones que superan en mucho el aspecto represivo conocido por sus 30.000 desaparecidos y sus centenares de miles de presos, perseguidos, exiliados, cesanteados de sus trabajos, etc.. También cambió integralmente el país, mediante la mayor reestructuración capitalista jamás habida entre nosotros.

La democracia restringida que sufrimos, el ajuste perpetuo que comenzó con Martínez de Hoz, la transformación cultural que antes que nada implicó la cooptación para el sistema de dominación de casi todas las herramientas políticas y sociales creadas en más de cien años por nuestro pueblo, tienen su momento fundacional en la dictadura militar de Videla y compañía.

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h) El viraje iniciado en el XVI Congreso

XVI Congreso En noviembre de 1986, en su XVI Congreso, el Partido Comunista dio comienzo al proceso de autocrítica y reformulación de su política que se conoce como el viraje del partido: un conjunto de cambios que llevaron a un cambio de estrategia, de concepción organizativa, de actitud hacia la teoría revolucionaria y hacia el compromiso militante personal.

Un Viraje imprescindible del reformismo a la revolución, para recuperar la esencia fundacional de luchar por el poder, pero sobre todo para ser más eficaces en la lucha política, que lejos de hacerse más fácil y transparente, se hizo más compleja con el retorno de las instituciones constitucionales a pesar -o mejor dicho- gracias al discurso alfonsinista del supuesto tránsito a la democracia.

La discusión comenzó por el análisis autocrítico de los errores cometidos en la caracterización de la Dictadura de Videla, errores de sobrevaloración de supuestas diferencias internas en el modo de reprimir al movimiento revolucionario, que limitaron la capitalización política del enorme esfuerzo militante desplegado en esos años por los comunistas, incluida la cuota de presos, perseguidos, asesinados y desaparecidos que pagamos.

A esos errores se les caracterizó como fruto de una desviación oportunista de derecha y para encontrar sus raíces nos decidimos a repensar otros períodos históricos (el 17 de Octubre del '45 y el surgimiento del peronismo, la ofensiva popular de los '70 y el rol de las otras fuerzas de izquierda, etc.) y de allí al modo de practicar el marxismo que habíamos tenido.

La decisión que posibilitó el viraje fue la de abandonar la cultura del frente democrático nacional, fruto y fuente del continuo reciclamiento del reformismo, labor en la que aún estamos empeñados.

En este proceso fuimos reencontrándonos con el pensamiento del Che Guevara y con todas las fuerzas revolucionarias latinoamericanas y caribeñas que por entonces estaban en plena ofensiva en Nicaragua y El Salvador.

Con estos procesos nos comprometimos hasta el sacrificio de uno de los primeros mártires del viraje, el joven comunista Marcelo Feito, muerto en combate en Chalatenango, El Salvador, el 16 de setiembre de 1987.

A pesar de todos los dolores que trae una mirada tan exigente como la que dimos a nuestra historia, el viraje nos permitió construir colectivamente un balance conceptual de cien años de lucha revolucionaria en la Argentina, y éste, a la convicción de que la tarea pendiente era crear una izquierda plural revolucionaria y de masas, con la fuerza suficiente como para instalarse como una alternativa verdadera ante el poder. Y que para lograrlo era imprescindible superar la división de la izquierda y plantar una estrategia de construcción de poder popular que permitiera la autonomía de las organizaciones populares en todos los terrenos de la lucha de clases, empezando por el de la política y llegando al de la confrontación abierta.

Los diez años de lucha contra el menemismo, volvieron a confirmar que no alcanza con resistir si no se crea alternativa política desde una estrategia de poder popular.

Izquierda Unida, fundada en 1988 y relanzada en 1997, materializa el enfoque de unidad de las izquierdas en que se basa esta estrategia de construcción de alternativa política, el éxito obtenido en las elecciones de octubre del 2001 y los amplios espacios de acumulación para la izquierda que libera la Rebelión Popular de Diciembre, confirman la vitalidad de una causa que los comunistas seguimos sosteniendo, más allá de cualquier otra consideración, porque para terminar con el sufrimiento popular es más necesario que nunca abolir el sistema de explotación y dominación capitalista contra el que se alzaron aquellos primeros marxistas de fin del siglo XIX en que reconocemos nuestros orígenes.


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